LA ANSIEDAD Y LA CRISIS ECOLÓGICA: UN ANÁLISIS DE LA ECO-ANSIEDAD

Por: Sara Casados y Vivian Hurtado

Sara Casados 

Ingeniera ambiental con énfasis en gestión, actual investigadora en áreas técnico-científicas del Instituto de Investigación en Ciencias Naturales y Tecnología (Iarna) de la universidad Rafael Landívar. Experiencia en el lenguaje programático R, y análisis de información climática.
Vivian Hurtado

Pensum cerrado en ingeniería ambiental. Investigadora de flora y fauna en FLAAR Mesoamerica. Interés por temas de ecología y medio ambiente. Autodidacta.

Vivimos en una era plagada de información constante, de recursos naturales continuamente explotados, disparidades socioeconómicas y antagonismos políticos a escala global. Es común sentirse abrumado, impotente, enojado, y desconectado, tal vez todo lo anterior. Muchos de estos sentimientos, alterados por la incertidumbre del futuro, tienen sentido. 

A esto se le suma fatiga emocional en aceptar la crisis ecológica actual, porque implica reconocer la presencia de una o múltiples amenazas en un sistema cambiante e impredecible.

Es comprensible  argumentar que deberíamos estar más preocupados por el cambio climático. Los impactos que ya estamos viendo son devastadores y hasta cierto punto intimidantes, considerando que los efectos de la variabilidad y cambio climático son transversales.

Esto no quiere decir, que las personas que se encuentran en un nivel privilegiado o geográficamente mejor ubicado, no sufrirán las consecuencias, pero sí de forma menos directa o en igual magnitud.

¿Qué es la eco-ansiedad?  

Marina (2007) sostiene que el miedo es una emoción individual y sumamente contagiosa, mientras que la ansiedad es un miedo asociado a la espera, al presentimiento o a la proximidad de un evento. La RAE define el término “ansiedad” como un “estado de agitación, que surge cuando se ve amenazada la propia sensación de integridad, de coherencia, y continuidad”.

La palabra compuesta, “eco-ansiedad” fue creada para describir lo que hoy en día es: la incertidumbre sobre los cambios en el sistema climático y la impredecibilidad del futuro.

Algunos estudios empíricos muestran que, en relación con los problemas ecológicos, las personas experimentan sentimientos inquietantes de culpa y vergüenza, así como cuestionamientos  sobre la mortalidad y el estilo de vida futuro (Panu, 2020). 

En efecto, el término se encuentra ligado a preocupaciones existenciales, considerando que la ansiedad se orienta hacia el futuro con incertidumbres significativas. 

Por un lado, la preparación del momento es mucho más tangible como en el caso de la presencia de un huracán en los próximos días o una sequía prolongada, pero si el peligro no es inmediato es complicado que las personas lleguen a sentir miedo o ansiedad y, por tanto, no se preparan ante estos peligros.

A medida que los problemas relacionados con el clima crezcan, aumentará el número de personas que experimenten eco-ansiedad

En algunos estudios se argumenta que, generar una cantidad razonable de preocupaciones ecológicas es una reacción racional y normal, y se evidencia que la eco-ansiedad es experimentada por numerosas personas que no sufren problemas de salud mental existentes o una sensibilidad a la ansiedad excepcionalmente fuerte (Panu, 2020). En pocas palabras, los seres humanos somos susceptibles a sentimientos de aprensión, preocupación e incertidumbre por el alcance potencial de los impactos previstos. 

No obstante, la continua disposición de información sobre estos problemas aumenta la importancia de las crisis globales, lo cual puede provocar ansiedad y pasividad frente a amenazas aparentemente abrumadoras (Stokols et al., 2009). Esta sensación de impotencia se puede sufrir de forma indirecta, como por ejemplo, leer noticias acerca de los múltiples incendios forestales incontrolables.

El sentimiento de fatalidad y decepción es inevitable, porque el ser humano es lo suficientemente capaz de imaginar y capturar sentimientos que ni siquiera son propios, pero se vuelven personales porque compartimos un denominador común: la conciencia y sensibilidad a nuestro entorno.

La eco-ansiedad no es en sí un desorden o un trastorno para ser considerado un problema psiquiátrico oficial, sin embargo, al ser agregado a la lista de factores que provocan ansiedad, acentúa el miedo inherente, quebranta la resistencia y distorsiona la capacidad de resiliencia.

La relación entre las emociones ligadas al afecto ecológico

Una distinción entre los tipos de emociones que experimentamos, son las emociones positivas o negativas, y por lo general la ira, la ansiedad y la depresión se consideran juntas. Ahora bien, si bien todas las emociones negativas son desagradables, su grado de activación es diferente, y provocan comportamientos distintos en los seres humanos.  

Existe evidencia sobre la ira relacionada con el apoyo a las políticas climáticas, especialmente de niños y jóvenes que divulgan sentir ansiedad por el futuro y el medio ambiente como el caso de Greta Thunberg, en el año 2017. La base teórica de la psicología social sugiere que la eco-ira puede fomentar el compromiso con las soluciones al cambio climático, que son distintas de otras emociones negativas.

Esto es importante, porque las emociones menos activantes (como la depresión y el miedo) conducen a la desconexión de una amenaza percibida, mientras que las emociones más activantes (como la ira) predicen intentos de comportamiento para disminuir la amenaza, ya sea acercándose o evitando la situación.

Se ha evidenciado que en países industrializados se presentan disminuciones de la tasa de partos desde la última década. Un número creciente de personas indicó que la eco-ansiedad, y especialmente la ansiedad climática, es una razón importante de su renuencia a tener hijos; por lo que algunas organizaciones como Conceivable Future en los EE. UU. Y BirthStrike en el Reino Unido han creado plataformas de diálogo para abordar este tema a profundidad para desarrollar la raíz de lo que está provocando ansiedad.

¿La ansiedad ecológica puede impedirnos hacer el trabajo “duro”, pero increíblemente necesario, de prepararnos para las consecuencias del cambio climático?

La ansiedad afecta la toma de decisiones y la preparación. Además, reduce las responsabilidades individuales y colectivas.

La respuesta es simple: no queremos provocar sentimientos de tristeza, decepción, o miedo de forma voluntaria. La zona de confort es un estado neutro, donde nada motiva o te desmotiva. Por tanto, es cómodo evadir. Se puede traducir a un “no me afecta, y lo puedo omitir”. Aun así, evitar los problemas no implica que no estén sucediendo.

La socióloga Marie Norgaard descubrió que, en relación con el cambio climático y la ansiedad, las disonancias y presiones sociales, la gente a menudo recurre al “silencio socialmente construido”. De acuerdo con las teorías del filósofo social Pierre Bourdeau a los posibles traumas y ansiedades que las personas experimentan en relación con el cambio climático, esto puede conducir a emociones de culpa al vincular acciones humanas y destrucción del hábitat. 

Por otro lado, las exigencias de las multitareas, las frecuentes interrupciones, y la gestión de grandes volúmenes de comunicación, se relaciona con una serie de problemas cognitivos y afectivos. Se ha encontrado que los niveles más altos de sobrecarga de información se asocian con un mayor estrés autoinformado, un peor estado de salud, una productividad reducida y menos tiempo dedicado a actividades contemplativas (Misra & Stokols, 2008).

La relación entre el medio ambiente y la psicología es un ingrediente esencial, que puede acelerar exponencialmente nuestras capacidades para ser creativos, resilientes y capaces de atender una crisis real.

La ansiedad y el bombardeo de información

A pesar de que la crisis ecológica es real, definitivamente las redes sociales han potencializado ese terror por su alta capacidad de alcance. Lo que debería de ser un medio informativo y de divulgación para buscar soluciones y compartir pensamientos, muchas veces termina siendo solamente un bombardeo de información que nos alimenta de ansiedad, preocupación, resignación y demás emociones relacionadas con la frustración

Esto nos encamina a caer en el “clicktivismo”; término que hace referencia al activismo digital donde muchas veces las acciones que prometemos en internet difícilmente las traemos a la realidad y en los días siguientes quedan en el olvido para enfocarnos en la próxima tendencia. 

El escenario sería muy distinto si nos comprometieramos verdaderamente con nuestras acciones, buscando ser más conscientes de nuestros hábitos y los impactos que generan. Muchas veces caemos en el fatalismo, y dejamos de ver las acciones positivas que el ser humano ha impulsado en el medio ambiente para reducir el impacto. 

Es muy común que nos mencionen los países que están generando la mayor cantidad de gases de efecto invernadero en el planeta, pero poco se menciona sobre los países que han logrado disminuir su huella. Por ejemplo, Bután, gracias a los programas de reforestación y protección de bosques establecidos, además de sus políticas de agricultura, ahora genera emisiones negativas de carbono. El país produce más de 9 millones de toneladas de carbono cada año, mientras que su economía, diseñada para reducir el uso y el desperdicio de combustibles fósiles, produce menos de 4 toneladas (Goering, 2021).

Muchos conocemos el activismo de Greta Thunberg y nos ha inspirado con sus discursos, pero ¿cuánto hemos escuchado de Bob Hendrikx?, el creador del primer ataúd de micelio que contribuye a la degradación eficaz de cadáveres evitando una variedad de contaminantes que se provocan en los entierros convencionales; o ¿cuánto hemos escuchado de Boyan Slat?, un jóven que a los 16 años creó la fundación The Ocean Clean-up que busca eliminar el plástico de los océanos con ayuda de tecnologías avanzadas. 

Sin ir tan lejos, ¿cuánto hemos escuchado de Marco Tulio Guerra? Un guatemalteco creador de estufas ecológicas llamadas “EcoComal”, cuyo objetivo es reducir el consumo de leña y por ende reducir la deforestación, la contaminación ambiental y los riesgos a la salud humana.

La lista de personas trabajando duro para reducir el impacto en el planeta, en realidad es bastante amplia pero poco visibilizada en el bombardeo mediático. ¿Cómo cambiaría nuestra psicología si reflexionaramos la contraparte de esta crisis, y nos uniéramos a las acciones colectivas en lugar de dar un click y compartir?

Ya existen miles de esfuerzos valiosos que buscan subsanar el planeta, pero recordemos que los resultados no serán inmediatos. No obstante, divulgar esta información es importante para no estancar la lucha climática por la ansiedad que genera el alarmismo -es sorprendente la manera en que los medios de comunicación pueden manipular nuestras emociones y acciones-; replicar los modelos exitosos ya existentes; y utilizar las herramientas disponibles para adaptarlas a nuestra región.

La toma de decisiones diarias SI importan

Quizás muchas de nuestras acciones se empiezan a sentir minúsculas porque claramente existen problemas mayores en el mundo. Es fácil llegar a la conclusión de que nuestras acciones individuales no tienen un impacto significativo en el clima global; y, por ende, es más fácil descargar el peso hacia las entidades o las personas dedicadas a la ciencia para que lo resuelvan.

Es cierto que nuestras pequeñas acciones no resolverán las grandes problemáticas ambientales que nos presentan en los noticieros, pero sí que pueden ayudar a prevenir futuros desastres y a la vez evitar que las problemáticas actuales continúen creciendo de manera rápida y exponencial. Solo la suma de nuestras acciones individuales generarán cambios colectivos.

BIBLIOGRAFÍA

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Goering, L. (2021). Forget net-zero: meet the small-nation, carbon-negative club. https://www.reuters.com/business/cop/forget-net-zero-meet-small-nation-carbon-negative-club-2021-11-03/

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Salamon, M.K. Facing the Climate Emergency: How to Transform Yourself with Climate Truth; New Society Publishers: Gabriola Island, BC, Canada, 2020.

Stokols, D., Misra, S., Runnerstrom, M. G., & Hipp, J. A. (2009). Psychology in an Age of Ecological Crisis: From Personal Angst to Collective Action. American Psychologist, 64(3), 181–193. https://doi.org/10.1037/a0014717

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